29 de octubre de 2014

Vacaciones en Acapulco (Extremadura)

EL POMPOSAMENTE autodenominado Gobierno de Extremadura ha colgado en la Red el vídeo de promoción turística de la región que, sin recibir comisión alguna por ello, os ofrezco a continuación. Hay que reconocer que su título, Extremely Good, es un auténtico hallazgo.  Extremely Good,... Extremely... ¡Si me descuido no lo pillo!



A mí, cuando lo he visto, me han venido a la mente las imágenes de esa películas infantiloides de Holywood en que alegres y bien alimentados chicarrones de Nebraska o de Toledo (Toledo de Ohio, no de Toledo), acompañados de  no menos bien alimentadas y alegres chicarronas, van de excursión a México, por ejemplo, donde aprenden fácilmente a decir a los nativos, tan subdesarrollados ellos, "tequila" y "señorita". Y ese era el comentario que iba a poner aquí, nada más. Pero, amigos, he leído lo que sobre esta obra maestra de la cinematografía  ha escrito un amigo en Facebook y no me resisto a transcribirlo:

«Pues nada, para el próximo reclamo turístico que pongan un trocito de Tierra sin pan, otro de Los santos inocentes y un discurso de Manzano. Y seguro que vienen hasta de Australia».



Aclaro a los no extremeños que Manzano, presidente de la Asamblea de Extremadura, es un destacado dirigente político entre cuyas muchas virtudes brillan especialmente su modestia y su extraordinaria oratoria, que dejaría en ridículo al mismísimo Cánovas del Castillo. Verlo y oírlo compensaría el gasto que cualquier viaje que hasta aquí pudiera suponer, por lejano que fuera su origen.

22 de octubre de 2014

Hermanitas de los pobres

LLAMAN a la puerta y una voz dice: "somos las Hermanitas de los Pobres". Abro y me dirijo a quien luego comprobaré que es la única que habla –unos 60 años, pelo blanco, gafas sencillas, mirada franca.

— Buenos días, les digo, les abro por cortesía, pero sintiéndolo mucho no voy a contribuir a su colecta

— ¿No? Bueno, qué le vamos a hacer.

— No quisiera que me interpretaran mal. Reconozco que ustedes se dedican a una tarea encomiable, pero pienso que la caridad no es la mejor forma de acabar con las desigualdades. Debiera haber otros procedimientos.

— ¿Nos conoce, pues, usted?

— ¡Claro! Desde que era niño y vivía muy cerca de donde tenían ustedes la residencia, en aquel enorme solar del paseo de Cánovas. ¡Vaya negocio, por cierto, hizo el obispo LLopis Ivorra comprándoles por dos perras aquellos terrenos para construir un edificio enorme por el que sacó una millonada!


— Sí, es verdad, pero andábamos tan necesitadas de dinero...

— Bueno, pues nada, les deseo éxito en su colecta, créanme que lamento no poder contribuir a ella.

— No pasa nada. Quede usted con Dios

— Gracias, señora, aunque  en realidad yo no creo en ese ser tan extraordinario al que usted se refiere.

— Pero, entonces, ¿qué hacemos en este mundo?

— Pues no lo sé (la segunda monja, mera acompañante, permanece en tal silencio y con tal cara de pasmo, que le pregunto a mi interlocutora si le pasa algo). Yo soy científico -continúo, lo reconozco, tirándome el moco- y el hecho de que no tenga hoy respuestas a ciertas preguntas no hace que dé por buenas interpretaciones mágicas y sobrenaturales...

— Es que eso es cuestión de fe

— ¡Coño -me permito soltar el taco- pues qué puñetero es el hombre ese de las barbas blancas! A usted se la da y a mí, no... ¡No es justo!

— Nunca se sabe, a lo mejor -me dice- en el último momento...

— Mujer, si en ese instante estoy hecho papilla y no me queda una sola neurona, a lo mejor hasta rezo el rosario... Mire: voy a hacer una excepción con ustedes y voy a darles una cantidad simbólica en compensación a su trabajo (he caído en la cuenta de que la buena señora está soportando estoicamente, sin un mal gesto, mi sermón, que debe de resultarle más pesado que el diario del cura del convento).

Llego hasta la mesa sobre la que suelo dejar las llaves y la cartera, saco un billete y con él en la mano me acerco a la monja. La mujer lo mira con un gesto de incredulidad, como si fuera un cheque de dos millones.

— Esto es mucho más de lo que normalmente nos da la gente.

— Pues bien poquito les dan a ustedes.

— Se lo agradezco mucho, es usted una buena persona... No le daré, entonces, el calendario, no creo que le gustase.


— Así es, le digo mientras les estrecho la mano, primero a mi interlocutora y después a la anciana, que sigue como momificada, y pienso que la colección de estampitas (supongo que tantas como días tiene el año) que va  dejando a quienes le abren la puerta le debe parecer casi tan ridícula como a mí (alguna me han dejado años atrás en el buzón).

— Adiós, me ha gustado hablar con usted.

— Lo mismo digo. Les felicito por su trabajo y les deseo suerte en la colecta. Y no se preocupe: Si ustedes están en lo cierto, nos volveremos a ver en el valle de Josafat (la mujer tarda unos instantes en aclararse, pero termina sonriéndome).

Cierro la puerta y oigo que llaman a otros pisos. Nadie les responde.



20 de octubre de 2014

Ocasión perdida

HACE YA más de treinta años que voté al PSOE por primera y última vez. Es cierto que solo se trató de poner una cruz, junto a otras, en una papeleta de candidatos al Senado y que, además, fue antes del nefasto referéndum sobre la OTAN; aquel que transformó el "de entrada, no" en un "hasta la cocina y sin rechistar". Me pareció tan escandaloso el chantaje al que se sometió a la opinión pública y el uso que se hizo de los medios de difusión, especialmente RTVE, para que finalmente prevaleciera la posición de Felipe González, que me prometí que nunca jamás una papeleta mía refrendaría, por tiempo que pasase, tal fechoría... Sin embargo, pues el hombre es débil, desde hace unos meses, descartado que en las próximas elecciones municipales y autonómicas votara a quienes siempre lo había hecho —que Monago haya sido presidente gracias a ellos no tiene perdón de Dios—, me rondaba por la cabeza la idea de que aquel voto de no votar (disculpe el lector el juego de palabras) no debiera ser como el de silencio que se exige para ingresar en la Trapa y que, con tal de no volver a ver a la actual alcaldesa presidiendo de nuevo el Ayuntamiento, podría elegir la papeleta del puño y la rosa, si es que tales símbolos aún formasen parte en el próximo mes de mayo de la iconografía socialista. Esa vaga intención se transformó en firme decisión cuando supe que, con toda probabilidad, el candidato a alcalde de Cáceres por el PSOE sería una persona que, a mi juicio, reunía las condiciones idóneas para ocupar dicho cargo. O, si no idóneas, pues la perfección no existe, sí al menos las mejores de las posibles.



Hoy constato con sorpresa, acaso por mi desconocimiento de los guadianas que atraviesan el PSOE cacereño, que esa persona a la que yo consideraba capaz de alcanzar y ejercer adecuadamente el cargo de alcalde, no ha resultado elegida por sus compañeros. Desconozco los méritos, que no descarto, de quien, si bien por un escasísimo margen, resultó finalmente vencedor. Quizás sea ese desconocimiento de los flujos y reflujos existentes en el PSOE de Cáceres el que me impide igualmente comprender que la candidata que había sido respaldada por todos los exalcaldes socialistas de esta ciudad haya sido quien menos votos obtuvo. ¿Rechazo por parte de una militancia desengañada de todo lo que suene a pasado? ¿Confusión entre juventud e innovación?

Sin intención de ofender ni restar méritos a nadie, diré que sospecho que en la sede de cierto partido político en Antonio Hurtado deben de estar la mar de felices. En cuanto a lo que a mí se refiere, por poco que le interese al lector, diré que sí, que hay algo que me satisface: mi voto del 86, ese de connotaciones trapenses, podrá seguir siendo estrictamente observado.


18 de octubre de 2014

Cáceres, capital mundial del hazmerreír.

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QUE A LOS ESPAÑOLES  nos tienen inquina en todo el mundo es cosa sabida. Y no digamos si se trata de los extremeños, en cuyo caso más que de inquina se trata de odio, de odio visceral (si las sequías son pertinaces y las adhesiones inquebrantables, todo odio que se precie ha de ser visceral). Ello probablemente explique que en ningún noticiario de la BBC, ni de la televisión francesa; en ninguna página del New York Times, del  Corriere della Sera, ni del Frankfurter Allgemeine, en ningún lugar, vamos, se haga referencia hoy a la más importante de las noticias ocurridas aquí en Extremadura, en Cáceres más concretamente, ¡qué digo: en el mundo mundial!, en las últimas décadas: La declaración, por unos tan dignos como desconocidos personajes, de esta ciudad, en dura pugna con otras (Huesca, por ejemplo) como “Capital española de la gastronomía  2015”. ¡Se necesita ser mezquinos!

Afortunadamente, sin embargo, un prestigioso diario, El Periódico Extremadura, dedica hoy sus doce (sí, doce) primeras páginas a acontecimiento tan señalado. Seguro que alguno de la cáscara amarga dirá que se trata de una operación publicitaria más de esas a las que tan acostumbrados nos tiene el órgano de prensa de don Iván y su marioneta Monago, pero no, la noticia es de dimensiones tan astronómicas que incluso treinta páginas hubieran podido ser ocupadas por ella.

Aunque… un pequeño reparo: Si uno lee el editorial del inigualable rotativo, que, como es lógico, también versa (aunque sea en prosa) sobre el mismo tema, se encuentra al final  con el siguiente párrafo:

«La elección de ayer también hace olvidar la desilusión que supuso que Cáceres se quedase fuera de la lucha por la capitalidad cultural europea del 2016. Aunque son títulos con proyecciones y difusiones muy distintas, la pérdida de las opciones de Cáceres a las primeras de cambio supuso un varapalo para un proyecto que contaba con el apoyo de gran parte de la ciudadanía. Una apuesta que abanderó el PSOE, tanto en el gobierno local como autonómico, con Carmen Heras como alcaldesa y Guillermo Fernández Vara como presidente de la Junta, que no resultó y que al final fue un fracaso».

¡Mecachis! ¡Con lo bien que, hasta ahí, habían escondido el plumero!