7 de julio de 2009

Incoherencias en el Ayuntamiento

SE EXTRAÑA un amigo, por cuyos criterios tengo gran aprecio, de que muchos de quienes podemos no hayamos expresado en público nuestra opinión sobre el desbarajuste en que se encuentra el Ayuntamiento de Cáceres. Y no le falta razón. Pero no resulta fácil. En primer lugar, y por lo que a quien suscribe respecta, porque para opinar sobre asunto tan vidrioso sin riesgo de resbalar conviene estar muy al tanto de los intríngulis que se dan en el mismo, el cual no es el caso. En segundo lugar, porque al hablar de una situación como la que vive nuestro consistorio, formado por convecinos a los que se encuentra uno en la calle, hay que tener una pluma muy sutil que permita conjugar el respeto de orden personal a los responsables del caos que se ha producido con la crítica severa a quienes, como políticos que se ganan un sueldo por su actividad, han defraudado las expectativas de muchos de sus electores. Pero no es menos cierto, sin embargo, que quien calla otorga y que los ciudadanos tenemos la obligación de pronunciarnos sobre lo que nos atañe, de modo que los reparos que menciono han de quedar en un segundo plano.


Mi particular punto de vista es que quienes mejor política de derechas hacen –disculpen la perogrullada– son los de derechas. El PP, en este caso, entre cuyos concejales en Cáceres, me consta, hay gente merecedora de toda consideración que no defraudaría a nadie con su conducta. Porque, desde luego, algunas decisiones tomadas por el Ayuntamiento cacereño hubieran resultado menos sorprendentes si las hubiera adoptado un alcalde de dicho partido, el PP, que no alguien de un partido que aún mantiene en su nombre los calificativos de socialista y obrero. Pensar que unos grandes almacenes, por ejemplo, van a hacer de nuestra ciudad una nueva Meca, que con su instalación los empleos van a surgir bajo las piedras, que todo van a ser oropeles y festines, nos hace pensar inevitablemente en el Mister Marsall de Pepe Isbert y Manolo Morán; como si el objetivo de una empresa como la de marras no fuera, por encima de todo, repartir el máximo beneficio entre sus accionistas. Pero aun así, incluso aceptando que unas monjas que todavía se denominan “de la caridad” tienen derecho a olvidarse una vez más de sus votos de pobreza y dar el pelotazo, lo de alterar planes urbanísticos buscando subterfugios y triquiñuelas legales para que el camello pase por el ojo de la aguja de la especulación urbanística, resulta, en mi opinión, un manifiesto fraude a quienes, con su voto, hicieron posible una corporación supuestamente de izquierdas. Propiciar, por citar otro asunto polémico, que un servicio público de capital importancia en una ciudad siga en manos privadas cuando podría ser de carácter municipal antes lo atribuiría uno a un partido fundado por Fraga Iribarne que a otro creado por Pablo Iglesias...


Y, luego, están los gestos, que tanto delatan. Ese despacho de la alcaldesa, por ejemplo, plagado de símbolos que parecen sacados de la noche de los tiempos; esa reiteración por parte de la máxima autoridad municipal de comportamientos públicos que antes cabría atribuir a razones populistas que a las obligaciones de su cargo, asistiendo devotamente y en primera fila a manifestaciones confesionales mientras dice actuar en representación de todos los cacereños...

No conozco al señor Pavón ni pongo en duda la singularidad de su carácter, de la que tanto hablan los periódicos. Pero, sinceramente, no creo que sea el malo de la película. El malo, los malos de verdad, son quienes se olvidan de los supuestos en que dijeron sustentarse y, salvo en las siglas bajo las que se cobijan, no se distinguen en nada de quienes harían lo mismo que ellos sin necesidad de retorcer los argumentos y las justificaciones. Lo mínimo que puede exigírsele a un político es coherencia entre los principios que proclama y sus actos. Cuando esa coherencia no existe las consecuencias resultan antes o después (ahora o dentro de dos años, por ejemplo) inevitables.

(Pulsa sobre la imagen para descargar el artículo tal y como apareció publicado en el Periódico Extremadura)

4 de julio de 2009

Honduras: más que un episodio

MIENTRAS que hace años acontecimientos como los entonces frecuentes golpes de estado en Latinoamérica nos resultaban remotos y apenas si teníamos noticias de ellos, ahora, la transformación que internet y la televisión por satélite han producido en el terreno de la información nos permite seguir al minuto lo que ocurre en cualquier lugar de mundo; como Honduras, por ejemplo, el país centroamericano del que lo más que nos llegaban hasta hace poco eran noticias sobre huracanes y otros desastres naturales.

Hoy, sin embargo, gracias a esos medios antes inexistentes puede ver uno en directo lo que, si se lo contaran sin imágenes, sin testimonios personales, podría parecer pura ficción: Militares enmascarados asaltando un palacio presidencial, secuestrando a un jefe del Estado, metiéndolo en un avión y mandándolo al extranjero, declarando el toque de queda... ¡y diciendo hacerlo en nombre de la democracia! Cuando estas líneas se publiquen el presidente hondureño, Zelaya, si se cumple lo anunciado, estará a punto de regresar a Tegucigalpa acompañado de dirigentes de países amigos. Ojalá la fuerza bruta, los militares golpistas, se rindan a la evidencia: el rechazo de su pueblo y de la comunidad internacional a una conducta tan criminal como anacrónica, y permitan el pacífico retorno a su puesto del legítimo presidente violentamente separado de él. Ojalá todo concluya sin sangre.

En ocasiones como ésta es cuando la gente demuestra su verdadera faz. Aznar, por ejemplo, cada vez más caricaturesco, refiriéndose a lo sucedido en el país centroamericano como “lamentables episodios”. Episodio, incidente... Es como si se lamentara de que hace mal tiempo. En España algunas organizaciones políticas han sido ilegalizadas por no condenar la violencia como medio de acción política, y ello acaba de recibir el aval del Tribunal de Estrasburgo. ¿Se medirá alguna vez con la misma vara a quienes, como el inefable ex presidente del Gobierno califican un golpe de estado como lamentable episodio?

27 de junio de 2009

Negocios poco decentes

ES MUY LEGÍTIMA, faltaba más, la intención de obtener el máximo beneficio por parte de quienes emprenden negocios, siempre que respeten unas normas básicas de conducta y no utilicen malas artes para ello; lo cual no siempre ocurre. Hay ejemplos sobrados en nuestro país de quienes, abusando de la necesidad ajena, han ganado dinero a espuertas sin que ni siquiera esas ganancias se hayan manifestado a efectos fiscales. No sé qué ocurrirá en otros lugares, pero no creo que existan muchos en los que el comprador de una vivienda, por ejemplo, tenga que llevar en el bolsillo un buen fajo de billetes para completar el precio que figura en las escrituras públicas y ello se considere absolutamente normal.

Un asunto lamentable es el de ciertas cadenas de televisión, que incurren a menudo en prácticas poco ejemplares desde un punto de vista ético. Esos programas en los que en aras de los índices de audiencia y los ingresos por publicidad se exponen miserias humanas que nadie debiera explotar, pongamos por caso. Hizo época una emisión de hace años en la que, cuando una mujer destrozada relataba el drama en el que se hallaba, estando a punto de llegar al colapso emocional, fue interrumpida por el presentador que le pidió esperara unos minutos antes de seguir, para “dar paso a la publicidad”.

Sin embargo, nunca había visto algo tan indignante como lo del otro día en una cadena que, sin incurrir en el tópico, podríamos llamar de extrema derecha. ETA acababa de matar a un inspector de policía en Bilbao y los invitados al programa opinaban sobre tan desgraciado acontecimiento. Mientras, en la parte inferior de la pantalla, aparecían mensajes enviados por los espectadores. El presentador tomó la palabra: “Sigan enviando sms a tal número, expresando su repulsa por el asesinato”. Lo que no aclaró fue el coste de cada uno de esos mensajes que, recibidos a miles, aprovechándose de la rabia de los remitentes, engrosarían la cuenta de resultados de la cadena. ¿Es ése un modo decente de ganar dinero?

20 de junio de 2009

Estudiantes encorbatados

HACE MIL AÑOS, mejor o peor contados, los estudiantes que en las universidades de toda España corríamos delante de los grises íbamos con traje y bien encorbatados. En algún colegio mayor masculino de Salamanca, por ejemplo, incluso se negaba el servicio de comedor a quien no llevara debidamente anudada la prenda de marras. Ríase el lector joven de lo que escribo, o ponga en duda la certeza de mis recuerdos, pero así eran las cosas. Hablo, ya digo, de los tiempos de Matusalén.

En las décadas posteriores, los setenta, los ochenta, el “torpe aliño indumentario”, las melenas, las camisetas descoloridas, fue el distintivo de quienes, chicos o chicas, frecuentaban los claustros universitarios. Incluso entre los profesores, la vestimenta informal y descuidada era signo de su condición. Lo importante no era la apariencia, sino el fondo.

Hoy, quizás por las vueltas que da la historia, o acaso por la influencia que sobre nuestras costumbres ejerce todo lo procedente del imperio, con su principal altavoz, Hollywood, como eficaz propagandista, se producen espectáculos que mueven a la sonrisa y a la constatación de que a la mona le sigue gustando la seda. Actos supuestamente académicos –esos que ahora se ha puesto de moda llamar graduaciones, por ejemplo– en los que los estudiantes, con independencia de su sexo, parecen maniquíes a punto ser expuestos en un escaparate. Las universidades, especialmente las privadas, organizan representaciones de gran parafernalia, tanto mayor cuanto más caros vendan sus títulos –hablo de dinero contante y sonante, no de exigencias académicas– en las que alumnos y padres aparatosamente vestidos ven plasmados sus esfuerzos en forma de diplomas entregados en pomposas ceremonias.

La comedia también empieza a interpretarse en estos últimos tiempos por los bachilleres. No se pregunte a algunos de ellos por el teorema de Pitágoras o el autor de El Quijote, pero reconózcaseles el mérito de, hijos de su época, saber adoptar a la perfección los modos de esos personajes de la prensa rosa a los que tanto admiran.

13 de junio de 2009

Inversiones poco ejemplares

TODA MEDIDA es una comparación. Cuando, hace ya tiempo, se sustituyó en los manuales escolares la vieja definición de metro, aquella que se refería a cierta parte de “la longitud del cuadrante de meridiano terrestre comprendido entre el polo norte y el ecuador”, por otra supuestamente más científica que mencionaba una barra de iridio y platino mostrada en un museo de París, empezó la confusión. Y aún seguimos en ella. No se pregunte a los chavales que acuden hoy a las aulas si el ecuador terrestre mide 4.000, 40.000 ó 400.000 kilómetros. Muchos de ellos no sabrán responder.

Por eso me ha parecido extraordinariamente acertada la comparación, la medida, que el periódico Público hizo ayer para poner ante los ojos del lector, con extraordinaria crudeza, el sinsentido de los noventa y tantos millones de euros que el Real Madrid va a gastarse para que cierto afamado futbolista milite, o como se diga, en sus filas. ¿Qué dirá esa cifra al común de los ciudadanos, preocupado por si podrá o no pagar este mes la cuota de su hipoteca? Lo aclara el diario: diez mil personas, diez mil, podrían percibir durante un año el subsidio de paro si se destinara a ello la fortuna que se va a gastar en el jugador de marras. Y se podrían haber hecho otros cálculos: Cuántas plazas escolares, cuántas camas hospitalarias podrían haberse creado; cuántas ayudas a personas necesitadas se podrían haber repartido con ese dinero.

Sé que se trata, o eso quiero pensar, de un negocio estrictamente privado, en el que los precios los establecen la oferta y la demanda. Pero no por ello deja de parecerme disparatado. Abundan los casos en que los excesos económicos, por muy particulares que sean los negocios en que se cometen, terminamos pagándolos todos. Y no hablo sólo de pago en moneda: el modelo que se expone es perverso. Se confunde el valor con el precio. Mientras se esté dispuesto a pagar lo que se paga por un futbolista, mientras inversiones como esa resulten rentables –lo cual, por cierto, está por demostrar–, de poco valdrá pregonar entre los jóvenes el valor de la solidaridad, el estudio, la responsabilidad.

6 de junio de 2009

¿Jornada de reflexión?

SUPONGO que la expresión tan manida de jornada de reflexión, para referirse a un día como hoy, anterior al de unas elecciones, no aparecerá en ningún texto legal; pero, en cualquier caso, si alguna vez tuvo sentido lo perdió hace tiempo. Por varias razones. La principal, si decirlo no se considera una impertinencia, porque la reflexión es incompatible con la forma en que se desarrollan unas campañas electorales cada vez más superficiales, cuyos planteamientos se basan más en la ocurrencia, el chisme y en tirarse los aviones a la cabeza que en hacer pensar a la gente. Campañas que, además, ni como espectáculo tienen el atractivo que tuvieron años atrás. Los espacios de debate en televisión tienen escasa audiencia y los pabellones en que transcurren los mítines, como el del otro día en Badajoz, difícilmente ven todas sus plazas ocupadas.

Sería una pena que el poco interés despertado en la mayoría de la población por las elecciones al Parlamento Europeo fuera una manifestación de que en eso, según algunos, consiste la normalidad democrática: en que llamen de madrugada a tu casa y sea el lechero, en que nada despierte grandes pasiones, en que se dé por hecho que las cosas no van a cambiar porque ganen unos u otros. Sería una pena, pero la realidad es tozuda y, si se confirman las previsiones, la mitad de los electores se quedarán en casa o se irán tempranito a la playa. ¿Le importa eso a los candidatos de los grandes partidos, cada vez más parecidos a cómicos de ferias repitiendo con desgana, bolo tras bolo, frases hechas, eslóganes vacíos, tópicos y lugares comunes?

Hoy, sábado, víspera de la jornada electoral, intento recordar quiénes encabezaron la lista de los grandes partidos en las anteriores elecciones europeas. Me tengo por una persona relativamente bien informada, pero reconozco que no logro despejar mi duda. ¿Recuerda el lector la expectación que citas como la del domingo despertaban en tiempos de Suárez, Felipe González o Carrillo? ¿Tanto ha llovido desde entonces?