OCURRIÓ en los primeros años de las cadenas privadas de televisión en España y, si en las facultades que antes se llamaban de periodismo se impartiera alguna asignatura de ética profesional, supongo que seguiría siendo un buen ejemplo de lo que un periodista no debe hacer: En uno de los programas que originaron la expresión telebasura el presentador interrogaba a una pobre mujer que acababa de vivir una horrible tragedia. Aunque la mujer procuraba contener su emoción, a medida que el periodista le requería detalles de lo sucedido le resultaba más difícil evitar las lágrimas. Iba a responder la buena señora, ya definitivamente desmadejada, a la última y decisiva pregunta del entrevistador cuando éste la interrumpió bruscamente: «No, no, espere; no me conteste ahora, hágalo después de la publicidad».
Han pasado años, pero algunas cosas, incluso en una cadena que no es de las peores, como la Primera de RTVE, parecen no haber cambiado. Siendo la audiencia lo que más preocupa a todas las televisiones, en aras de ella se sacrifica lo que sea menester. Incluso noticiarios que han recibido premios internacionales parecen estar abonándose a prácticas deleznables. El último ejemplo, que yo sepa, ocurrió el pasado lunes.
Había leído la presentadora del telediario nocturno los primeros titulares, culminados con el intercambio de los habituales y no siempre oportunos comentarios con la locutora de deportes, cuando empezó a poner voz a un vídeo sobrecogedor, que mostraba cómo varios adultos eran arrastrados por una riada en la India, siendo tragados por las aguas enlodadas a pesar de sus esfuerzos por salvarse. Mientras, milagrosamente, un niño pequeñito, apenas consciente de lo que sucedía, quedaba de pie sobre un pequeño promontorio acosado por una corriente brutal que amenaza con llevárselo por delante, como a sus padres y hermanos.
Quienes lo vieran lo recordarán. Y recordarán cómo la locutora adelantó que el niño se salvó, pero cortando el vídeo abruptamente con un «luego lo veremos» que les dejaría perplejos. ¿«Luego lo veremos»? ¿Todo vale para mantener al espectador pendiente de la pantalla? ¿Merece ese trato mercantil el pobre niño del vídeo? ¿Merecemos los espectadores ser considerados como individuos morbosos que solo importan si de incrementar la dichosa cuota de pantalla se trata?
23 de julio de 2011
16 de julio de 2011
¿Crisis? Aquí tenemos la solución
LEER LA PRENSA en los últimos meses se ha convertido en un ejercicio solo apto para personas con moral a prueba de bombas. Da lo mismo que el periódico sea de aquí o de allá, de una tendencia u otra: las malas noticias no cabrán en él. Crisis económica global, disminución de prestaciones sociales, caída de ingresos familiares y empresariales, desahucios, negocios de distinto tamaño idos a pique, dejando en la calle a miles de trabajadores... Unas veces, por una gestión desastrosa en la que la búsqueda del máximo beneficio en el más corto periodo de tiempo era la única meta; otras, porque un crecimiento descontrolado cuando todo eran facilidades crediticias y respaldos políticos ha terminado por ser insostenible. Y en todos los casos, como efecto secundario de una tormenta financiera que, originada lejos, se ha instalado entre nosotros y no tiene visos de dejarnos.
La dichosa crisis tiene carácter casi planetario (algunas naciones emergentes parecen estar librándose de ella) y afecta a países con gobiernos claramente derechistas, como sucede en Italia, o a países en que, dimitidos los ejecutivos socialistas anteriores, como en Portugal, su sustitución por otros conservadores no ha resuelto los problemas, sino que parece haberlos agravado. Por eso es chocante y poco respetuosa hacia la inteligencia de los electores la cantinela del Partido Popular, aquí en España, en el sentido de que un adelantamiento de elecciones y la victoria, que dan por hecha, de Rajoy, supondría el fin de nuestros males. No se lo creen ni ellos.
Pero, ojo, no pongo en duda que todas las papeletas que se llevarán el premio electoral estén en la calle Génova. Lejos de mí el propósito de interpretar la intención de nadie, tengo sin embargo por cierto que la gente irá a votar con una idea muy simple: peor que ahora no nos puede ir. Tal es el panorama.
Menos mal que, por aquí, a nivel local, la salvación de los cacereños vendrá de manos de un nuevo Míster Marshall que, tantas veces anunciado, parece que por fin se instalará entre nosotros. ¿Caerá por igual en todos los barrios la prometida lluvia de monedas? Lo seguro es que habrá unos pocos (y unas pocas, pues en este caso se impone señalar con el dedo) que se pondrán las botas. Ad maiorem Dei gloriam, por supuesto.
La dichosa crisis tiene carácter casi planetario (algunas naciones emergentes parecen estar librándose de ella) y afecta a países con gobiernos claramente derechistas, como sucede en Italia, o a países en que, dimitidos los ejecutivos socialistas anteriores, como en Portugal, su sustitución por otros conservadores no ha resuelto los problemas, sino que parece haberlos agravado. Por eso es chocante y poco respetuosa hacia la inteligencia de los electores la cantinela del Partido Popular, aquí en España, en el sentido de que un adelantamiento de elecciones y la victoria, que dan por hecha, de Rajoy, supondría el fin de nuestros males. No se lo creen ni ellos.
Pero, ojo, no pongo en duda que todas las papeletas que se llevarán el premio electoral estén en la calle Génova. Lejos de mí el propósito de interpretar la intención de nadie, tengo sin embargo por cierto que la gente irá a votar con una idea muy simple: peor que ahora no nos puede ir. Tal es el panorama.
Menos mal que, por aquí, a nivel local, la salvación de los cacereños vendrá de manos de un nuevo Míster Marshall que, tantas veces anunciado, parece que por fin se instalará entre nosotros. ¿Caerá por igual en todos los barrios la prometida lluvia de monedas? Lo seguro es que habrá unos pocos (y unas pocas, pues en este caso se impone señalar con el dedo) que se pondrán las botas. Ad maiorem Dei gloriam, por supuesto.
11 de julio de 2011
El spin-off y la Universidad de Extremadura
«Títulos con poca demanda y docentes sin resultados aquejan a la universidad», era como el Periódico Extremadura titulaba el pasado 11 de julio la información dedicada en su tema del día a la situación de la universidad española y, más en particular, la de Extremadura. Estoy absolutamente de acuerdo. Aquí se han inaugurado centros universitarios como el que inaugura hogares del pensionista y cual si solo se tratase de una cuestión de dinero. Como lo había –¡qué tiempos aquellos!– bastaba con que una comunidad de vecinos de cualquier pueblo –también llamado ciudad– reclamara una facultad para que al poco tiempo la tuviera bien flamante en su plaza mayor. De Ciencias, de Letras o de vaya usted a saber qué. A cierto lenguaraz presidente autonómico que no rechazaba que obras públicas o avenidas llevaran su nombre eso de que la universidad de su cortijo creciera de forma incontrolada le debía sonar a música celestial.
Ahora ha venido el tío Paco con las rebajas y ha dicho que era una burrada que una universidad como la extremeña tuviera la friolera de 70 titulaciones. De modo que no es de extrañar que, ante la evidencia de que no hay estudiantes para tantas carreras, el actual rector de esa institución se defienda, el hombre, asegurando que la Uex ha hecho una reducción importante de titulaciones, «pasando de las setenta anteriores a poco más de 40 en estos momentos». Luego defiende la inversión económica hecha en la institución que él preside afirmando que por cada euro que se vierte en ella se generan entre dos y tres euros. Ello, afirma, se logra, entre otras razones, por los «los movimientos económicos de empresas spin-off».
¡Ahí le ha dado! Y yo que pensaba que cuando se afirmaba que «hemos vivido por encima de nuestras posibilidades» podía pensarse, por ejemplo, en el derroche en instituciones como la presidida por el Magnífico señor Rector… Se me había olvidado lo del spin-off. Reconozco que ese argumento es irrebatible.
Ahora ha venido el tío Paco con las rebajas y ha dicho que era una burrada que una universidad como la extremeña tuviera la friolera de 70 titulaciones. De modo que no es de extrañar que, ante la evidencia de que no hay estudiantes para tantas carreras, el actual rector de esa institución se defienda, el hombre, asegurando que la Uex ha hecho una reducción importante de titulaciones, «pasando de las setenta anteriores a poco más de 40 en estos momentos». Luego defiende la inversión económica hecha en la institución que él preside afirmando que por cada euro que se vierte en ella se generan entre dos y tres euros. Ello, afirma, se logra, entre otras razones, por los «los movimientos económicos de empresas spin-off».
¡Ahí le ha dado! Y yo que pensaba que cuando se afirmaba que «hemos vivido por encima de nuestras posibilidades» podía pensarse, por ejemplo, en el derroche en instituciones como la presidida por el Magnífico señor Rector… Se me había olvidado lo del spin-off. Reconozco que ese argumento es irrebatible.
9 de julio de 2011
La derecha no ha sido parada
Hay dos aspectos del reciente debate de investidura en la Asamblea de Extremadura que, al margen de su previsto desenlace, me parece importante destacar. Dos aspectos que no se refieren tanto a compromisos concretos formulados por quienes participaron en la discusión como a las visiones que algunos de nuestros diputados tienen de ciertos conceptos asociados a la actividad política.
El primero es el que expuso inicialmente Monago en su intervención del martes y, luego, el poco sutil portavoz del Partido Popular, cuando descartaron la prevalencia de una mentalidad de derechas o izquierdas en la sociedad extremeña. Una única y relativa victoria electoral en décadas, y en circunstancias económicas tan difíciles como las actuales, no debiera conducirlos a esa conclusión. Pese a los innegables deseos de renovación en nuestra región, pese a los excesos que años de mayoría absoluta hayan propiciado, no puede olvidarse que fueron más quienes el pasado día 22 de mayo votaron a PSOE e IU que quienes lo hicieron al PP. Que la izquierda había vencido o, al menos, que la derecha había sido parada, fue la idea con la que todo el mundo se fue a la cama en la noche electoral.
El segundo asunto que me pareció remarcable fue la repetida apelación del portavoz del Partido Popular a la libertad de expresión propia de su tribuna para decir lo que le apeteciera, viniera o no a cuento, respetara o no las reglas de un debate en que, si había que examinar a alguien, no era a Fernández Vara, sino al candidato a presidente. No dudo que este belicoso diputado, de haber nacido cuando en España no existía esa libertad, habría luchando enconadamente por ella, como tantos veteranos de su partido, pero parece recurso de mal orador invocarla para justificar modos más propios de otros lugares que de aquel en que él se hallaba.
Una nota final: Muchos apreciamos pesadumbre en dos diputados de Izquierda Unida cuando manifestaron su abstención en la investidura de Monago. ¿Por qué no votaron en contra, aunque hubieran hecho lo mismo con una hipotética y posterior candidatura de Vara? Si su postura ya les debía resultar a ellos mismos difícil, después de oír al portavoz del PP les debió resultar indigerible. Muchos de sus votantes seguimos sin comprender una decisión que ha dado a nuestras papeletas un sentido absolutamente contrario al que pretendíamos.
El primero es el que expuso inicialmente Monago en su intervención del martes y, luego, el poco sutil portavoz del Partido Popular, cuando descartaron la prevalencia de una mentalidad de derechas o izquierdas en la sociedad extremeña. Una única y relativa victoria electoral en décadas, y en circunstancias económicas tan difíciles como las actuales, no debiera conducirlos a esa conclusión. Pese a los innegables deseos de renovación en nuestra región, pese a los excesos que años de mayoría absoluta hayan propiciado, no puede olvidarse que fueron más quienes el pasado día 22 de mayo votaron a PSOE e IU que quienes lo hicieron al PP. Que la izquierda había vencido o, al menos, que la derecha había sido parada, fue la idea con la que todo el mundo se fue a la cama en la noche electoral.
El segundo asunto que me pareció remarcable fue la repetida apelación del portavoz del Partido Popular a la libertad de expresión propia de su tribuna para decir lo que le apeteciera, viniera o no a cuento, respetara o no las reglas de un debate en que, si había que examinar a alguien, no era a Fernández Vara, sino al candidato a presidente. No dudo que este belicoso diputado, de haber nacido cuando en España no existía esa libertad, habría luchando enconadamente por ella, como tantos veteranos de su partido, pero parece recurso de mal orador invocarla para justificar modos más propios de otros lugares que de aquel en que él se hallaba.
Una nota final: Muchos apreciamos pesadumbre en dos diputados de Izquierda Unida cuando manifestaron su abstención en la investidura de Monago. ¿Por qué no votaron en contra, aunque hubieran hecho lo mismo con una hipotética y posterior candidatura de Vara? Si su postura ya les debía resultar a ellos mismos difícil, después de oír al portavoz del PP les debió resultar indigerible. Muchos de sus votantes seguimos sin comprender una decisión que ha dado a nuestras papeletas un sentido absolutamente contrario al que pretendíamos.
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