SUPONGO AL TANTO al lector extremeño de la noticia del día a nivel regional: el accidente de tráfico provocado por el jefe de la Policía local de Badajoz cuando supuestamente, según las pruebas que se le hicieron, presentaba una tasa de alcoholemia que triplicaba la máxima permitida. Tomó, según parece, una rotonda por la izquierda.
Hay información en:
Diario Hoy
El periódico Extremadura
Aunque, en general, los comentarios que aparecen en Internet a las noticias y artículos en estos periódicos son deplorables, en los de hoy se leen cosas (por ejemplo, sobre una academia que prepara para las oposiciones de acceso de la policía local de Cáceres) que, aunque sólo fueran ciertas en la mitad de los casos, debiera hacer tambalearse a los responsables (alcaldes y otros) de los ayuntamientos. Pero eso, claro, es mucho pedir.
19 de enero de 2009
17 de enero de 2009
Espectáculo poco edificante
HACE UNOS AÑOS, alumnas de bachillerato de un instituto extremeño posaron semidesnudas, en posturas que rozaban el mal gusto, para poner sus fotos en un calendario que venderían a fin de recaudar fondos para un viaje. De estudios, supongo. Parecían chicas mayores de edad y estaban en su derecho a posar como les viniera en gana, desde luego. Que el instituto no pusiera trabas a la experiencia me pareció, en cambio, poco compatible con los fines educativos que cabría atribuirle.
Supongo que aquella experiencia, también puesta en práctica por fornidos bomberos o jugadores de rugby, tuvo su origen en lo que sucedía en la célebre película irlandesa Full Monty, en la que se narraban las agridulces peripecias de un grupo de desempleados; pero lo que en la pantalla puede ser un ingenioso guión cinematográfico, resuelto con buen gusto, en la realidad acaso tenga unas connotaciones que, sin necesidad de estar afectado por esa dolencia de la corrección política, debiera molestar a más de un defensor de la dignidad de las personas.
He pensado en ello al enterarme de lo sucedido recientemente en una cárcel levantina (qué manía de llamar centros penitenciarios a las cárceles, como si el cambio de nombre modificase lo que son). Como se sabe, la dirección de la prisión organizó un espectáculo navideño para los internos en el que una joven realizó un completo strep-tease, al final del cual, según el sindicato de funcionarios que ha denunciado los hechos, “la joven una vez desnuda se embadurnó el cuerpo con leche condensada, se acercó a los internos” e hizo alguna otra maniobra que no voy a detallar.
Cuesta trabajo creer que todo transcurriera exactamente como lo cuenta el sindicato, pero me temo que haya sido posible. Se empieza considerando gracioso que unas jóvenes apenas adolescentes busquen fondos posando ligeras de ropa para un fotógrafo y se termina, como director de una prisión, organizando espectáculos para los presos que constituyen una flagrante desconsideración de su dignidad.
Supongo que aquella experiencia, también puesta en práctica por fornidos bomberos o jugadores de rugby, tuvo su origen en lo que sucedía en la célebre película irlandesa Full Monty, en la que se narraban las agridulces peripecias de un grupo de desempleados; pero lo que en la pantalla puede ser un ingenioso guión cinematográfico, resuelto con buen gusto, en la realidad acaso tenga unas connotaciones que, sin necesidad de estar afectado por esa dolencia de la corrección política, debiera molestar a más de un defensor de la dignidad de las personas.
He pensado en ello al enterarme de lo sucedido recientemente en una cárcel levantina (qué manía de llamar centros penitenciarios a las cárceles, como si el cambio de nombre modificase lo que son). Como se sabe, la dirección de la prisión organizó un espectáculo navideño para los internos en el que una joven realizó un completo strep-tease, al final del cual, según el sindicato de funcionarios que ha denunciado los hechos, “la joven una vez desnuda se embadurnó el cuerpo con leche condensada, se acercó a los internos” e hizo alguna otra maniobra que no voy a detallar.
Cuesta trabajo creer que todo transcurriera exactamente como lo cuenta el sindicato, pero me temo que haya sido posible. Se empieza considerando gracioso que unas jóvenes apenas adolescentes busquen fondos posando ligeras de ropa para un fotógrafo y se termina, como director de una prisión, organizando espectáculos para los presos que constituyen una flagrante desconsideración de su dignidad.
10 de enero de 2009
Los nuevos nazis
VEMOS EN LOS PERIÓDICOS, en la televisión, las horribles imágenes de cuerpos infantiles destrozados por las bombas, de personas mutiladas esperando ser atendidas en hospitales atiborrados y carentes de medicamentos, de madres llorando, de ancianos clamando contra tanta barbarie. Y pese a la indiferencia con la que a menudo convivimos con la bestialidad, con la prevalencia de la fuerza, sentimos que aún nos queda un resto de vergüenza: la de sentirnos del mismo género de quienes provocan tanto dolor y tanta destrucción. El mismo género, que no sabemos si todavía podría calificarse de humano, de quienes actúan contra los débiles como, en tiempos, otros que se creían imbatibles actuaron contra ellos. Viendo lo que vemos, nuestra sensibilidad, la natural tendencia de cualquier persona a rechazar la injusticia y la sinrazón, se siente profundamente herida.
Pero, por casualidad, mientras pasamos de un canal a otro de nuestra televisión, damos con una emisora árabe que, amén de ofrecer imágenes de las que sus homólogas occidentales ocultan a los espectadores, entrevista, en un alarde de objetividad, a un portavoz del Gobierno israelí. Le pregunta sobre el ataque del ejército invasor a una escuela de la ONU en el que murieron decenas de personas. Le interroga, más particularmente, sobre la negativa israelí a permitir que una comisión de investigación internacional determine lo que realmente ocurrió; que averigüe si, como alegan los militares hebreos, el ataque criminal contra los refugiados fue respuesta a algún disparo desde la escuela. Y la contestación del individuo, entrenado sin duda para ignorar cualquier gesto de humanidad, no hiere sólo nuestra sensibilidad. Hiere nuestra inteligencia. Dice el tipo que esa comisión habría de preguntar sobre lo sucedido a los propios palestinos sobrevivientes de la matanza. Y que estos, debido al terror al que los tiene sometido Hamás, mentirían, por temor a las represalias que contra ellos se tomarían si dijeran la verdad.
El tipo en cuestión, cuyos antepasados quizás sufrieran el horror nazi, llegará a su casa por la noche, besará a su mujer y a sus hijos, se sentirá satisfecho de su trabajo. Puede, incluso, que se llame Himmler.
Pero, por casualidad, mientras pasamos de un canal a otro de nuestra televisión, damos con una emisora árabe que, amén de ofrecer imágenes de las que sus homólogas occidentales ocultan a los espectadores, entrevista, en un alarde de objetividad, a un portavoz del Gobierno israelí. Le pregunta sobre el ataque del ejército invasor a una escuela de la ONU en el que murieron decenas de personas. Le interroga, más particularmente, sobre la negativa israelí a permitir que una comisión de investigación internacional determine lo que realmente ocurrió; que averigüe si, como alegan los militares hebreos, el ataque criminal contra los refugiados fue respuesta a algún disparo desde la escuela. Y la contestación del individuo, entrenado sin duda para ignorar cualquier gesto de humanidad, no hiere sólo nuestra sensibilidad. Hiere nuestra inteligencia. Dice el tipo que esa comisión habría de preguntar sobre lo sucedido a los propios palestinos sobrevivientes de la matanza. Y que estos, debido al terror al que los tiene sometido Hamás, mentirían, por temor a las represalias que contra ellos se tomarían si dijeran la verdad.
El tipo en cuestión, cuyos antepasados quizás sufrieran el horror nazi, llegará a su casa por la noche, besará a su mujer y a sus hijos, se sentirá satisfecho de su trabajo. Puede, incluso, que se llame Himmler.
3 de enero de 2009
Terrorismo de Estado
LAS PALABRAS NO SON INOCENTES. O, por mejor decir, el uso que se hace de ellas. Un ejemplo muy frecuente en nuestros días lo proporciona el término terrorismo, que utilizamos casi siempre más en la segunda acepción del Diccionario de la Real Academia, “sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror” que en la primera, “dominación por el terror”.
Desde luego, si un fanático, movido por supuestos motivos políticos, descerraja un tiro en la nuca a una persona porque no piense como él o porque no se pliegue a sus propósitos, o hace estallar un coche bomba en un edificio público, se le podrá llamar con toda propiedad gramatical terrorista. Ello con independencia de que su objetivo de infundir terror se lleve a cabo de forma alevosa, sin riesgo alguno para quien lo mantiene, o bien entregando incluso la propia vida. Esos jóvenes, fanatizados por ideas religiosas que, en Irak o muchos otros lugares, hacen estallar los cinturones que llevan adosados a sus cuerpos, repletos de dinamita, no son menos terroristas que el que pega a un tiro en la nuca. Aunque haya que aceptar que al menos, en aras de sus fines, entregan la vida.
Sin embargo, la segunda acepción a la que antes nos referíamos suele ignorarse por los medios de comunicación. Porque es cierto que la “dominación por el terror” no está al alcance de individuos o grupos más o menos organizados, de recursos limitados, pero sí de los estados, los militares de esos estados, que utilizando modernísimos e indestructibles aviones bombardean impunemente aldeas, ciudades, matando con sus misiles a centenares de personas, en Gaza o en Afganistán, pongamos por caso, todas inocentes, salvo que la presunción de inocencia pueda ignorarse según convenga. Esos estados, sus dirigentes, jefes de Gobierno, ministros, podrían ser calificados de terroristas con tanto o más acierto que el joven del cinturón explosivo, pero raramente los encontramos así tildados en periódicos y televisiones. Por el contrario, se les acoge amistosamente en recepciones oficiales en medio mundo, se les estrechan calurosamente las manos por dirigentes políticos, posan en fotos de familia… La hipocresía que ello supone clama al cielo.
Desde luego, si un fanático, movido por supuestos motivos políticos, descerraja un tiro en la nuca a una persona porque no piense como él o porque no se pliegue a sus propósitos, o hace estallar un coche bomba en un edificio público, se le podrá llamar con toda propiedad gramatical terrorista. Ello con independencia de que su objetivo de infundir terror se lleve a cabo de forma alevosa, sin riesgo alguno para quien lo mantiene, o bien entregando incluso la propia vida. Esos jóvenes, fanatizados por ideas religiosas que, en Irak o muchos otros lugares, hacen estallar los cinturones que llevan adosados a sus cuerpos, repletos de dinamita, no son menos terroristas que el que pega a un tiro en la nuca. Aunque haya que aceptar que al menos, en aras de sus fines, entregan la vida.
Sin embargo, la segunda acepción a la que antes nos referíamos suele ignorarse por los medios de comunicación. Porque es cierto que la “dominación por el terror” no está al alcance de individuos o grupos más o menos organizados, de recursos limitados, pero sí de los estados, los militares de esos estados, que utilizando modernísimos e indestructibles aviones bombardean impunemente aldeas, ciudades, matando con sus misiles a centenares de personas, en Gaza o en Afganistán, pongamos por caso, todas inocentes, salvo que la presunción de inocencia pueda ignorarse según convenga. Esos estados, sus dirigentes, jefes de Gobierno, ministros, podrían ser calificados de terroristas con tanto o más acierto que el joven del cinturón explosivo, pero raramente los encontramos así tildados en periódicos y televisiones. Por el contrario, se les acoge amistosamente en recepciones oficiales en medio mundo, se les estrechan calurosamente las manos por dirigentes políticos, posan en fotos de familia… La hipocresía que ello supone clama al cielo.
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