CON GRACIA INSUPERABLE, narraba aquí mismo [El Periódico Extremadura] hace unos días mi buen amigo Salvador Calvo las mil y una vicisitudes que había sufrido en su heroico intento de lograr la devolución, por parte de cierta compañía telefónica, del importe indebidamente cobrado, no de uno ni de dos, sino de tres recibos en los que se le cargaba un dineral por cientos de SMS que él no había cursado. Nadie habrá puesto en duda que lo contado por Salvador sea cierto, porque, en mayor o menor medida, a todos nos habrá ocurrido algo parecido en más de una ocasión.
Mi última experiencia en la siempre arriesgada aventura de llamar a uno de esos centros telefónicos de atención al cliente, en los que te contesta una máquina a la que le resbala cuanto digas o un explotado trabajador que en ocasiones apenas si sabe farfullar dos palabras en castellano, sucedió el otro día, al poco de contratar, tras varias llamadas que se interrumpían al cabo de unos minutos, una mejora en mi conexión a internet. Luchando contra un molesto ruido de fondo, acaso originado porque mi interlocutora se hallara en Sri Lanka o en Papua Nueva Guinea, acordamos la contratación del servicio, así como que me enviarían un nuevo router, cuyo nada desdeñable importe cargarían en una próxima factura.
Recibido e instalado el aparatito, como la conexión no funcionara hube de recurrir al centro de supuesta atención telefónica. Tras varios minutos de música (a precio de la Sinfónica de Berlín, dada las tarifas vigentes), y varios “pulse uno, pulse dos, no diga tacos”, al final pude hablar con una joven que, la pobre, sólo fue capaz de pedirme perdón una y otra vez porque de aquello por lo que le preguntaba no tenía ni puñetera idea. Exhaustos ambos al cabo de dos horas de diálogo de sordos (y notablemente disminuido mi saldo bancario), la conversación finalizó cuando la chica vio la luz y, para salvarse, me dijo que no daban soporte a ordenadores como el mío. Lo que yo exclamé, a diferencia de Salva, no es reproducible en periódico alguno.
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31 de octubre de 2007
28 de octubre de 2007
La uniformidad no es progresista
CONVERSANDO en cierta ocasión con un colega, defensor acérrimo de la política educativa seguida por los gobiernos socialistas en las últimas décadas, este contraponía a mis argumentos sobre el bajo nivel de conocimientos de los estudiantes actuales, en comparación con los de otras épocas, el hecho de que, como la población que hoy en día acudía a las aulas era muy superior a la que lo hacía décadas atrás, la "cantidad global de conocimiento", por así decirlo, era mucho mayor que antes. No me fue difícil rebatirle, aunque no creo que le convenciese, pues ya se sabe cuán gravemente se pierde la capacidad crítica cuando se entrega uno con armas y bagaje a las disciplinas partidistas. Me bastó con argumentarle que, de ser cierto lo que él mantenía, el país de mayor nivel científico y humanístico sería China: por poco conocimiento que cada uno de sus mil y pico millones de habitantes albergase, la masa global de ciencia de tan inmensa nación, según el razonamiento de mi amigo, sería insuperable.
Lo que se discute no es la posibilidad de que todo el mundo, sin excepción, disponga de medios de formación que antes sólo estaban al alcance de las capas más privilegiadas de la sociedad. Lo que se discute es que esa deseable generalización haya sido lograda, en muchos casos, a costa de un notable empobrecimiento de los niveles de conocimiento de los alumnos. Empobrecimiento que a quienes más perjudica no es a los hijos de las familias acomodadas, que ya contarán con otros medios para mantener su estatus, sino a aquellos cuya única forma de promoción social es la que se basa en la valía y los méritos propios.
El problema de hacer compatible la generalización del acceso a la educación, incluida la universitaria, con la consecución de los mayores niveles de formación no es de fácil resolución, pero las autoridades educativas debieran ser conscientes de que la uniformidad establecida por decreto ni es progresista ni favorece a largo plazo la desaparición de las diferencias sociales.
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Lo que se discute no es la posibilidad de que todo el mundo, sin excepción, disponga de medios de formación que antes sólo estaban al alcance de las capas más privilegiadas de la sociedad. Lo que se discute es que esa deseable generalización haya sido lograda, en muchos casos, a costa de un notable empobrecimiento de los niveles de conocimiento de los alumnos. Empobrecimiento que a quienes más perjudica no es a los hijos de las familias acomodadas, que ya contarán con otros medios para mantener su estatus, sino a aquellos cuya única forma de promoción social es la que se basa en la valía y los méritos propios.
El problema de hacer compatible la generalización del acceso a la educación, incluida la universitaria, con la consecución de los mayores niveles de formación no es de fácil resolución, pero las autoridades educativas debieran ser conscientes de que la uniformidad establecida por decreto ni es progresista ni favorece a largo plazo la desaparición de las diferencias sociales.
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25 de octubre de 2007
¡Qué cruz, señor!
LA AUTÉNTICA CARA de los políticos no hay que buscarla en los grandes discursos pronunciados en los parlamentos o lugares parecidos. Ni tampoco, habida cuenta de lo que los publicistas logran hoy en día, en lo que digan en televisión o en los mítines. Si tanto Rajoy como Zapatero, por ejemplo, en sus recientes vídeos, se han limitado a llevar hasta la caricatura lo que sus respectivos partidarios esperaban ver en ellos (gesto triste y aburrido, en el caso del gallego; jovialidad y modernidad en el caso del leonés), en realidad han sido meros interpretes de guiones ajenos. Aunque no todos los guionistas merezcan el Oscar.
Pienso que la verdadera faz, el auténtico carácter de los políticos, cualquiera que sea su importancia, se descubre cuando opinan a bote pronto; cuando se expresan espontáneamente, sin guión al que echar mano. Ejemplos de lo que digo los hay a montones en la actualidad, y, así, algún partidario del PP podría traer a colación la reciente declaración –acertada, a mi juicio- del Ministro de Justicia sobre el fin más o menos próximo de la violencia en el País Vasco. La muestra que pondré yo, más de andar por casa, la proporcionó hace unos días el alcalde de Navalmoral de la Mata al manifestar, a propósito de la Cruz de los Caídos existente en esa ciudad, que ese monumento erigido por la dictadura no debe tocarse pues está dedicado a “los caídos en todas las guerras”; como si el cambio de lápidas referentes a las “hordas marxistas” o parecidas que, supongo, también se haría allí años atrás, hubiera eliminado el carácter sectario de semejante vestigio de la Guerra Civil. Pero eso no fue lo peor, sino que luego remató su faena afirmando que “todos los objetivos de este presidente por accidente sólo conducen a dividir a la nación". Ya ven ustedes: Los más de once millones de votos obtenidos por el PSOE en marzo de 2004, sin contar el millón largo logrado por Izquierda Unida, fueron un accidente. Ni Goya hubiera retratado al alcalde mejor que sus propias palabras.
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Pienso que la verdadera faz, el auténtico carácter de los políticos, cualquiera que sea su importancia, se descubre cuando opinan a bote pronto; cuando se expresan espontáneamente, sin guión al que echar mano. Ejemplos de lo que digo los hay a montones en la actualidad, y, así, algún partidario del PP podría traer a colación la reciente declaración –acertada, a mi juicio- del Ministro de Justicia sobre el fin más o menos próximo de la violencia en el País Vasco. La muestra que pondré yo, más de andar por casa, la proporcionó hace unos días el alcalde de Navalmoral de la Mata al manifestar, a propósito de la Cruz de los Caídos existente en esa ciudad, que ese monumento erigido por la dictadura no debe tocarse pues está dedicado a “los caídos en todas las guerras”; como si el cambio de lápidas referentes a las “hordas marxistas” o parecidas que, supongo, también se haría allí años atrás, hubiera eliminado el carácter sectario de semejante vestigio de la Guerra Civil. Pero eso no fue lo peor, sino que luego remató su faena afirmando que “todos los objetivos de este presidente por accidente sólo conducen a dividir a la nación". Ya ven ustedes: Los más de once millones de votos obtenidos por el PSOE en marzo de 2004, sin contar el millón largo logrado por Izquierda Unida, fueron un accidente. Ni Goya hubiera retratado al alcalde mejor que sus propias palabras.
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21 de octubre de 2007
Oposición de opereta
SEREMOS TODO lo europeos que se quiera, pero desde luego, en esta piel de toro, como antes se decía, se ven cosas que confirman el acierto, aunque sea por una vez y sin que sirva de precedente, de aquel famoso eslogan de Fraga: Spain is different. Lo digo porque por más esfuerzos que hago para imaginarme a un político francés, por ejemplo, defendiendo las bondades del régimen de Vichy y no condenando a Pétain debido a que bajo él mucha gente vivía tranquila, no lo logro. Ni el mismísimo Le Pen creo que se atreviera a sostener hoy en día tal despropósito.
Pero aquí, en efecto, somos diferentes. Aquí sí es posible que un melifluo Mayor Oreja, de voz jesuítica y maneras educadas, se pregunte, como si tal cosa, que por qué va a tener él que condenar el franquismo dada la "naturalidad y normalidad" con la que "muchas familias lo vivieron". O sea, que lamentar pero no condenar un atentado terrorista es, pongamos por caso, motivo para la ilegalización de una fuerza política que, guste o no, cuenta con el apoyo de miles de ciudadanos vascos, pero no condenar un régimen dictatorial que causó la muerte de cientos de miles de españoles se considera propio de un dirigente político con todas las credenciales de demócrata. Que no me digan que la cosa no es chusca.
Aunque, a fuer de ser sincero, tampoco sé muy bien de qué me extraño. Hace nada, en estas páginas, un diputado del mismo partido que Oreja, entre una maraña de números con pretensiones de rigor, y a propósito de si los Presupuestos Generales del Estado favorecen o perjudican a Extremadura, hablaba de "los engañados por este presidente sin rubor [Zapatero], que juega con la buena fe de sus compañeros y de todos los ciudadanos". Con ese argumento no sé para qué abrumar al lector con cifras. Éste, el lector, que no es tonto, quedará convencido por la moderación y las buenas formas del señor diputado, compañero de filas de Oreja. Definitivamente, con esta oposición de opereta los del PSOE pueden dormir tranquilos.
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