19 de diciembre de 2009

¡Qué cosas hacía Franco!

HASTA HACE POCO, sacar a colación en una discusión política los tiempos del franquismo suponía arriesgarse a ser tildado de cavernícola, de no haber aceptado que la inmaculada Transición supuso borrón y cuenta nueva en la historia de España. Últimamente, sin embargo, se da un hecho curioso, que no sé si atribuir a un cierto cinismo de los sectores más extremistas de la derecha española o, por decirlo con un término que forma parte de la tradición cristiana tan cara a sus integrantes, a un verdadero arrepentimiento por sus pasados pecados.

Me refiero a la reiterada mención peyorativa por parte de diversos medios de información ultra conservadores y algunos dirigentes del PP de ciertos acontecimientos de los que, promovidos por la dictadura, se daban regularmente entre nosotros antes de que la famosa lucecita del Pardo se extinguiera definitivamente.

Así, para descalificar la reciente manifestación organizada por los sindicatos UGT y CCOO en Madrid, algunos la han comparado con las que organizaba el caudillo en la plaza de Oriente. Para desprestigiar a los sindicatos han tenido que admitir que los bocadillos gratis y las generosas dietas tenían bastante que ver con aquellas concentraciones fascistas. Al tiempo, el líder del PP en el País Vasco ha desdeñado con un singular argumento la protesta de los párrocos guipuzcoanos por el nombramiento de un nuevo obispo, tan conciliador como para haber dicho recientemente que “quien apruebe la Ley del Aborto estará en situación de complicidad de asesinato”. Según el dirigente popular, la protesta la ha promovido el PNV, molesto por no poder, “como hacía Franco”, nombrar a su antojo los prelados de las diócesis vascas.

Bueno, no está mal, seamos comprensivos. Se empieza así, con un par de menciones condenatorias de lo que hasta hace poco no rechazaban, y lo mismo algún día el PP llegue a expulsar de sus filas a quienes, como Mayor Oreja, aún añoran los tiempos en que, según el ex ministro del Opus, tan plácidamente se vivía. ¡Qué cosas!

15 de diciembre de 2009

Un ministro que no lo parece

AYER ESCUCHÉ, en CNN+, una interesantísima entrevista con Ángel Gabilondo, el ministro de Educación. Me pareció tan sensato, tan suscribible, tan libre de prejuicios todo lo que dijo, que hube de lamentarme de que no abunden entre los políticos, con independencia de su color, muchos otros como él. Ya le había oído pronunciarse meses atrás con palabras cabales, lejos de la jerga huera al uso entre tantos pedagogos y educadores por accidente, sobre la importancia del esfuerzo en el proceso de aprendizaje de los alumnos, pero nunca lo había visto en persona.

Habló, claro, de temas de su competencia en el Gobierno, propugnando ese añorado pacto sobre la regulación del sistema educativo que tan necesario parece en un país que ha visto, en los últimos años, la friolera de doce leyes al respecto, cuatro de ellas sobre la universidad y el resto sobre las enseñanzas primaria y secundaria.



Pero lo que más me sedujo de sus palabras, aparte de la forma cordial y poco dogmática en que las pronunció, fueron cosas como que –no cito literalmente, pero sí en esencia– en nuestra vida cotidiana, en las relaciones humanas, no siempre encontramos las palabras adecuadas. Que en ocasiones éstas se desvanecen antes de llegar y se produce una sensación de incomunicación. Todo ello a propósito de un nuevo libro que acaba de publicar en su condición de profesor de metafísica.

Oír esas  cosas en boca de un ministro, cuando tan propensos son en su gremio a pontificar, a excluir toda verdad que no sea la suya o la de su partido, constituye una novedad por la que debiéramos congratularnos. Ojalá los vaivenes políticos no le impidan plasmar en la práctica, en los meses que le queden en su despacho de la calle de Alcalá, muchas de sus ideas.

12 de diciembre de 2009

Cómo responder a la provocación

A RIESGO de ser acusado de frivolidad, podría decirse que sobre el Gobierno ha caído una maldición vudú. Todo parece ponérsele en contra. Apenas si se ha repuesto del secuestro de los atuneros y tres cooperantes sufren la misma suerte en Mauritania. No ha salido del atolladero provocado por la huelga de hambre de la saharaui Aminetu Haidar y la Guardia Civil lleva su celo en la persecución de unos narcotraficantes hasta el punto de entrar en aguas ajenas y crear un conflicto diplomático. Los medios de la extrema derecha tienen madera para sus calderas. Arrasar Somalia, propugnaban algunos antes; no ceder a ningún chantaje, dicen ahora. Yo mataría a doce islamistas si así liberara a nuestros compatriotas, añade otro, lesionado de madrugada en un oscuro incidente del que no se acusa directamente a Zapatero aunque las víboras suelten su veneno: “El hecho de que Hermann Tertsch sea un periodista muchas veces crítico con el Gobierno no puede en absoluto justificar la agresión”, ha llegado a decir la lideresa.

La pregunta es qué actitud cabe tomar a quienes, aun estando en desacuerdo con una forma de gobernar en la que a menudo priman los errores sobre las aciertos y la apariencia sobre el fondo, vemos con estupor que la deseable crítica al poder se sustituye por el insulto y la tergiversación. No parece que el silencio ciudadano sea aconsejable, pero tampoco convendría entrar al trapo de tanta provocación, de tanto esfuerzo por desenterrar viejas hachas de guerra.

Algunos piensan que todo lo que sucede, inimaginable en la mayoría de los países vecinos, es la hipoteca que ahora estamos pagando por una Transición que no colocó a cada cual en su sitio, que dejó intactos los nudos del “atado y bien atado” y que permitió a muchos pensar que sus privilegios eran intocables. Ante tanta intoxicación, tanta ofensa y menosprecio, sólo cabe esperar, quizás ingenuamente, que los excesos en que algunos incurren encuentren respuesta en un Ejecutivo que suscite más adhesiones. Ya veremos.

5 de diciembre de 2009

Nuevos puentes en Alcántara

NO HE VISITADO tanto como hubiera querido Cataluña, pero cada vez que lo he hecho me he prometido regresar. Allí siempre he sido acogido con los brazos abiertos y jamás me he encontrado con dificultad alguna derivada de mi lamentable desconocimiento del idioma catalán, por ejemplo. Admiro, por otra parte, la capacidad de integración que los catalanes mostraron décadas atrás de los miles de extremeños que, forzados por las más perentorias necesidades, se vieron obligados a emigrar hasta aquellas tierras, donde progresaron en forma que aquí hubiera resultado imposible.

Comprenderá el lector que, con esos antecedentes, quien suscribe se haya sentido feliz al comprobar, en unas recientes jornadas dedicadas en Alcántara a hablar de las relaciones entre Cataluña y Extremadura, que personas de buena fe de ambas procedencias, aunque discrepen en algunas cuestiones, pueden mantener discusiones civilizadas en las que imperen la cordialidad y los esfuerzos por comprender al otro. Y la satisfacción se acrecienta cuando, como ha sido el caso, esos esfuerzos de entendimiento no sólo se aprecian en ciudadanos comunes, sino en quienes ocupan cargos de la máxima responsabilidad política. Así, la intervención del presidente de la Junta en la inauguración de las jornadas que menciono fue impecable, y no sólo desde un punto de vista formal. Su apelación a que se tiendan puentes entre comunidades que muchos consideramos artificialmente enfrentadas en anteriores etapas, su llamada a interpretaciones generosas de términos lingüísticos, como el de nación, que plasman los sentimientos de pertenencia de la gente a pueblos o lugares diversos, resultan esperanzadoras.

A menudo parece importar más que la realidad la percepción que de ella se tiene o la visión no siempre desinteresada que de ella se nos da. Por eso, el ciudadano libre no debiera verse reflejado en las palabras y actitudes provocadoras de quienes basándose en tópicos y medias verdades buscan el enfrentamiento entre unos y otros, sino en las de quienes para reafirmar su propia identidad no necesitan menospreciar la ajena. En Alcántara se ha visto que, aunque menos ruidosos que los primeros, los segundos existimos y no somos pocos.